Este año los diseñadores de la pasarela de moda 2021 sugieren hacer una sola colección al año para aminorar el impacto del sector textil en el medio ambiente, regresar a lo artesano y recuperar la confección por manos con oficio, mientras Roberto Verino propone un ‘armario emocional’ con prendas que nos identifiquen y lleguen a tener un valor afectivo por ser parte de nuestra vida, porque no hay mejor sostenibilidad que tener ropa de largo recorrido. Propuesta que me devuelve a ese vestido verde que anunció todos los veranos que alcanzan mis recuerdos y permanece intacto, salvo el color, que palideció hasta un verde suave y cansado con florecitas desvaídas, pero con tanta dignidad como la mujer que lo hizo con sus propias manos y lo usó durante décadas.

De nuevo nos proponen el pasado como futuro, cuando sabían ser autosuficientes y las manos servían para hacer todo aquello que evitase gastos. Antes de que modistas y sastres fuesen reemplazados por niños asiáticos y el algodón y la lana, por fibras sintéticas. Antes de caer en la trampa de las modas efímeras uniformando al rebaño, con diferente color de pelaje cada temporada para generar gasto. Antes de que el planeta dijera basta.

Tirando del hilo –nunca mejor dicho– podrían unirse dos mundos tan distintos como esas pasarelas de moda y un rincón de la montaña leonesa donde hace días se celebró la tercera velada trashumántica, al cobijo de la ermita de Roblo que da entrada a Salamón. Porque las merinas y su lana, única en el mundo y oro molido para los modistos, es un capital que salió de nuestras laderas, rumbo a otros puntos del mundo donde supieron explotarlo mientras España lo desdeñaba y nuestra montaña conocía el declive y la miseria.

la ilusión de Óscar Fierro, un joven que dejó su labor de delineante y hoy luce una placa en el pecho que pone: Hilandero. Porque un día encontró en la casa heredada de su bisabuela unas cardas, un huso, un torcedor, un par de calcetines de lana y una perrona torcida y se propuso hacer unos calcetines. Aún no lo consiguió pero, rodeado de todos esos instrumentos, da una lección magistral de todo el proceso de escarmenar, cardar, peinar, hilar y enmadejar desde que la lana es esquilada hasta ser un ovillo que antes tiñe con cebollas, lombarda, hojas de higuera, piel de nueces, sauco o cualquier producto natural que ande cerca y se deje cortar. Un taller de aprendizaje que debería llevarse a todos los colegios de esta tierra de rebaños.

el Grupo Operativo Ovinnova apostando por llevar la lana de merina a las pasarelas de moda, el taller de Óscar… Ver tantas fuentes de riqueza dignas de explotar, tantos medios de vida reales en torno a un animal, desmonta la creencia de que vivir en los pueblos es una utopía.

Sastre en Madrid

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